sábado, 22 de marzo de 2008

Insensatez

No hay nada peor que sentirse seguro de saber algo.

Raza humana: no mamen.

Siglos... milenios de buscarle respuestas a las preguntas que hostigan al intelecto humano, que enfrían las manos de tanto sudor, producto de la angustia de sentirse pequeños, insignificantes.
Y es que lo somos.

¡A nombrar las fuerzas del cosmos! Desde ahí empezamos: los griegos y su cosmos, su Teogonía. A ponerle nombre, rostro y género a todos y cada uno de los fenómenos circundantes. ¿Y los fenómenos que se desarrollan más allá del ojo humano? Ni falta hace pensar en ellos. La especie ya los ideó, los clasificó y presume de entenderlos.

Ni la ciencia ni la religión. Y la ciencia al menos hace el esfuerzo por parecer sensata. La religión es sensata cuando se convierte en mito, se reconocen sus leyendas y se comprenden sus bases.

Agotados nuestro cuerpo y nuestra alma para llegar a Él, Dios nos revela que Él no es sino lo que No Es. De Carlos Fuentes, en Diana o la cazadora solitaria. ¡Qué dicha leer tal dejo de sensatez! Continúa: Sólo podemos saber de Dios lo que Dios no es. Saber lo que Dios es no lo saben ni los Santos ni los Místicos ni los Padres de la Iglesia; no lo sabe ni el propio Dios, que caería fulminado por su propia inteligencia.

Y se instituye el conocimiento: tesoro del hombre que ha de ser cuidado, divulgado en dosis moderadas, discriminado y pulido; todo con el afán de crear un conjunto útil y universal de datos que sirvan a cualquier propósito humanamente realizable.

Unifiquemos los criterios, generemos un sistema de creencias que convenza a la mayoría. O mejor: usemos el sistema de creencias que ya tiene presa a la mayoría. Neguémonos la oportunidad de abstraernos y llegar a conclusiones increíbles. Mejor fabriquémoslas.

¿Quién en el universo es el hombre para juzgarlo todo? Los catálogos sólo sirven para evidenciar la insipiente necesidad de la especie más lastimera: la de saber, entender, crear y sentir alivio ante la atroz verdad: No hay verdad. La que se llama verdad no es más que un conjunto de arbitrariedades que el hombre ha aceptado como forma de conocimiento y transformado en teoría, ley y dogma.

Ya diré más.

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